Posteado por: Bernardo | octubre 17, 2010

Jazz en el despacho de Hitler

“Todas las incertezas caben en la libreta básica ENRI de 10,5 por 15,5 centímetros: eso que por falta de una palabra mejor llamamos crónicas. Postales, quizá. Postales enviadas para La Vanguardia y reunidas en este libro. Postales de tensión y melancolía. Mundos que mueren en guerra”. De esta manera tan plástica describe Plàcid García Planas su libro Jazz en el despacho de Hitler, un tierno colage de crónicas, o sea, de postales enviadas a La Vanguardia desde algunos de los rincones más desapacibles del planeta. Plàcid arranca su introducción con una reflexión alrededor de un condón que encontró “entre los restos de doce viejos tanques soviéticos en la capital espiritual de los talibanes: Kandahar”. ¿Qué historia se escapaba del interior de ese envoltorio plateado?, se pregunta Plàcid. ¿Quiénes unieron allí sus cuerpos? ¿Un soldado afgano? ¿Una mujer llegada en burka? ¿Dos soldados afganos y ningún burka en escena?. Plàcid, con este espectacular mosaico de crónicas-postales, reivindica el poder del detalle, la fuerza metafórica de lo minúsculo, la magia narrativa de lo que pasa desapercibido en la información masificada de los enviados especiales. A lo largo de su carrera, Plàcid nos ha enseñado cómo se mira, cómo se entiende lo global desde lo local, cómo casi siempre la explicación es una raíz oculta por la losa del tiempo. Plàcid sintetiza el odio serbio hacia los musulmanes en un hombre que come cerezas y arroja los huesos hacia atrás. Los huesos, con el tiempo, se convertirían en las bombas de la matanza de Srebrenica. “Un surfista de Gaza. Un travesti de Kabul. Un judío de tirabuzones convertido al islam de Al Qaeda. Una niña serbia recogiendo la cabeza de su tía y colocándola de nuevo en el cuello, como si el proyectil no se la hubiera arrancado”, sigue auto explicándose en la introducción. Pocas crónicas explican Kosovo como una suya en la que describe el único lugar donde serbios y albaneses de Kosovo se mezclan: las pistas de esquí de Brezovica. Pocas postales han reparado en que el lugar donde destrozaron los cadáveres de Benito Mussolini y Claretta Petacci está ocupado por un McDonalds. O que en el antiguo despacho de Hitler, actual Escuela Superior de Música y Teatro de Munich, se interpreta jazz, esa música degenerada para los nazis. ¿Por qué las crónicas siguen abundando en los datos que todos conocemos? ¿Por qué se han entregado a la matemática de la inmediatez?¿por qué se empotran los periodistas con los militares ganadores? ¿por qué cuentan lo que quieren que cuenten?¿Por qué es tan rara la primera persona en el periodismo español? Jazz en el despacho de Hitler, editado por Península, es el antídoto perfecto para los desencantados del periodismo. Una venganza con guante de seda, con toda la poesía del mundo destilada en un cóctel para saborear en tragos lentos.

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