Posteado por: Bernardo | noviembre 25, 2010

La videojuego violento de la realidad Río de Janeiro

23 muertos en cuatro días. Basureros que encuentran dinamita. Autobuses en llamas. Coches explotando. Carros del ejército circulando por la ciudad. El mapa de los vehículos incendiados crece y crece. Río de Janeiro vive dentro de un vídeo juego letal, atroz, ingobernable. Hace unos meses, cuando el popular vídeo juego Call of Duty lanzó su última versión (ver vídeo) algunos se echaron las manos a la cabeza. ¿Por qué dañar la imagen de la ciudad escogida para celebrar los Juegos Olímpicos en 2016? Unos meses antes, dos estudiantes se inventaron otro vídeo juego, Faveladana, más crudo todavía. Y de peor gusto: conviértete en un afavaleado, asesina, roba. La realidad-ficción que ha trastocado estos días la rutina de Río de Janeiro, la ciudad maravillosa, no es muy diferente. ¿Por qué tanto caos? La violencia no es más que la consecuencia de décadas de desigualdad social e ineficacia policial. De una política represiva que en lugar de solucionar el problema lo ha agudizado. Los datos del Instituto de Seguridad Pública de los últimos cinco años asustan: 16.310 homicidios, 3.272 fallecidos en enfrentamientos, 589 víctimas de robo asesinadas… Total: 22.250 personas. Los del Instituto de Urbanismo Pereira Passos son peores: 20.000 desde 2007. Unos 20 por día. Todos los días. Mientras São Paulo ha conseguido que su índice de muertos por 100.00 habitantes baje de aproximadamente 50 (2004) a 10, Río sigue estancada. Es más, el año pasado subió el índice con respecto a 2008 (34 muertos). También el de robos y asaltos en el centro. Río, en violencia, triplica a Sao Paulo. El proyecto de las Unidades de Policia Pacificadora (UPP) de Río de Janeiro, tan finamente vendido hacia fuera, no acaba de funcionar. Hasta el propio José Mariano Beltrame, secretario de Seguridad Pública del estado de Río de Janeiro, (a quien entrevisté hace años), ha reconocido que no es suficiente. Hasta ahora, los mass media se habían hecho eco de este proyecto que ha llenado 17 de las 1000 favelas de la ciudad de “policías buenos”. Favelas que curiosamente están la mayoría en la Zona Sur y Centro de la ciudad, lejos del salvaje Río norte. La prensa carioca apenas publica las irregularidades, amenazas y arbitrariedades varias. O Globo, por regla general, no publica muertos de la Zona Norte. Yo estuve en la favela Santa Marta, el ojito derecho del proyecto, incrustada en el barrio de Botafogo. Puedo decir que existe una tensa calma. Muchos vecinos están agradecidos por el hecho de que ya no haya traficantes. Pero otros denuncian maltratos o amenazas. La UPP ha acabado con la vida cultural. Casi nadie puede salir de su casa por la noche. En otras UPP hay denuncias de uso de gas lacrimógeno. Y hay ley del silencio: no digas nada, ni bueno ni malo, a la prensa. El sociólogo Ignacio Cano, uno de los mayores expertos de la violencia en Río de Janeiro, afirmaba hace unos días que “si la policía de la UPP está usando gas lacrimógeno y balas” ya es un avance. Estoy de acuerdo. ¿Pero qué pasa en las otras 923 favelas? La violencia de Río de Janeiro nunca se solucionará sin el primer paso: la autocrítica, algo que pocos cariocas tienen (me refiero a la clase media y gobernantes). Menos sus gobernantes. Siguen mirando hacia otro lado. Y entonan el cansino “Río no es una ciudad violenta, ha mejorado mucho”. Hace un año que publiqué el reportaje Ciudad de Dios, ciudad del diablo, en El País Semanal. Infelizmente, la realidad ha cambiado poco. Los traficantes que expulsan de una favela van para otra. En marzo estuve en el Complexo do Alemão, en un encuentro nocturno donde estaban los traficantes de todas las favelas del Comando Vermelho. Me impacto profundamente. Amanecer en el complexo, con niños disparando metralletas al aire, es sobrecogedor. En mayo, Amnistía Internacional denunció al Gobierno brasileño por atentar contra los derechos humanos, entre otros lugares, en Río de Janeiro. El famoso Programa de Aceleração do Crescimento – mega obras, principalmente- con sangre entra. En agosto, un grupo de traficantes entró en un hotel de lujo de la Zona Sur. Río sigue inmerso en su vídeo juego. Y lo único que ha conseguido la policía es que dos facciones de traficantes enemigas, Amigos dos Amigos y Comando Vermelho, se hayan unido tras años de enfrentamientos.


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