Posteado por: Bernardo | junio 28, 2011

Brasil en el laberinto de la FAO

Brasil 1, España 0. Países Emergentes 1, Primer Mundo, 0. Las lecturas simplistas sobre el triunfo del brasileño José Graziano da Silva sobre el español Miguel Ángel Moratinos son así de redondas. Lo confieso: prefiero a José Graziano que a Moratinos. Si el presidente Zapatero se ha bajado los pantalones ante los mercados, ¿qué se puede esperar de su halcón internacional? Pero tengo un buen puñado de dudas, datos y contradicciones sobre Brasil y su política sobre los alimentos. Simplista, también, es afirmar que el coordinador del supuestamente exitoso Hambre Zero de Lula ahora luchará para erradicar el hambre del mundo. Paradójicamente, Brasil predica en el mundo lo que no cumple dentro. Cuando juega fuera, clama contra las injusticias del mundo, contra el disparatado precio de los alimentos, contra la violación de los derechos humanos del primer mundo. Cuando juega en casa, es una irresponsable marioneta de los mercados, la especulación y del capitalismo salvaje. El Hambre Zero de Brasil quería enseñar a pescar a los pobres. Pero acabó regalándoles un pescado. Brasil está basando su crecimiento económico, principalmente, en la venta de commodities (muchas de ellas alimentos) a precios elevadísimos. Está hinchando la burbuja del precio de los alimentos en su propio beneficio. Brasil no ha apostado definitivamente por la agricultura familiar – como predica fuera- ni por la producción local de alimentos (con pocas excepciones). Brasil exporta toneladas de soja, carne, frutas, mientras tiene una parte de la población en la miseria. Brasil apuesta por un etanol que no es tan ecológico como dice. Y la caña, sí, ocupa parte de la superficie de cultivo para alimentos. Brasil tiene un índice GINI de desigualdad de tierras altísimo. Brasil es el país que más pesticidas usa del mundo. Brasil es el paí que mejor trata a los transgénicos y a sus multinacionales que imponen sus semillas. Brasil tiene un porcentaje de latifundios improductivos intolerable. El Brasil de Lula – y de José Graziano- no puso en marcha la reforma agraria que acabaría con el hambre. Y es que si los precios de los alimentos bajan, la burbuja económica de Brasil se desinfla. Insisto: pienso, como João Pedro Stédile, coordinador del MST, que Graziano puede dar un giro a la política alimentaria del mundo. Pero Brasil, si quiere ser un país respetado, tiene que aparcar el doble juego y ordenar la casa primero. No es lógico criticar las subvenciones del primer mundo cuando Brasil hace casi lo mismo: subvenciona la investigación de semillas (Embrapa), la financiación del cultivo ecológicamente incorreto (BNDES) y de la exportación desmesurada de alimentos (Apex). La exportación de pollo brasileño, por ejemplo, ha acabado con la producción local de pollo en Mozambique. ¿Es ese el orden mundial que va a incentivar el señor Graziano?


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