Posteado por: Bernardo | agosto 11, 2010

Miami, Chicago, Sarajevo

Miami es un máquina tragaperras de un bar de carretera, cerca de Imotski (Croacia). Dentro: cartas de póker y una mujer que se despelota, bajo la mirada del Cristo de un Katolicki Kalendar. Chicago es una pared de Mostar (Bosnia) frente a una mezquita:agujeros de bala sobre el cemento-piedras-ladrillos. Sarajevo es una catedral ortodoxa desmantelada, cosida con vigas de madera y pedazos hierros. El serbo bosnio Ratko Mladic – otrora carnicero, hoy prófugo de la justicia internacional – ya no comanda el cerco contra la ciudad ni lanza al aire sus infamias: “Disparad en pequeños intervalos. No paréis hasta que estén al borde de la locura”. Y en la avenida de los francotiradores, en el barrio serbio de Grbavica, ya no hay ecos de silbidos metálicos. Pero la urbe huele a su propio mito: ancianas musulmanas vendiendo aspirinas sueltas, vendedores de llaveros-hechos-de-balas, un mutilado con un pecho forrado de medallas turcas, raquíticos esqueletos de edificios. En algunas esquinas, Sarajevo intenta entonar el futuro, en pretérito imperfecto: Wi Fi+cerveza Heineken en el café Bill Gates, al lado de una mezquita con sus consabidas tumbas. Sarajevo in peace: empate a cementerios. Tumbas por doquier. Lapidas en cada ladera. Musulmanas, la mayoría. Serbias ortodoxas. Judías sefardíes. Y es que la paz, en Sarajevo, sólo es una suma de detalles: un taxista eslavo y musulmán, conduciendo frente a la inmensa embajada de Estados Unidos: “American good,no problem”. Miami, Chicago, taxi: “Bosnian, Croatian, Serbian, all crazy. Now, everything normal, very normal”. Y es que la paz en Sarajevo -precaria, grisácea, tristoña – es un niño jugando sobre un mini helicóptero Apache (American Army) al lado del puente Latino donde murió asesinado el archiduque austriaco Franz Ferdinand en 1914. Gavrilo Princip, el serbio que se cargó a Franz y propició la excusa de la primera guerra mundial, ya no es un héroe. El puente ya no lleva su nombre. Vuelve a ser Latino. Pero los taxistas musulmanes, cuando pasan a su lado, siguen diciendo ¡Princip!. ¿Gritarán su nombre los serbo bosnios?¿Lo llevarán tatuado? Normal, very normal. La paz en Sarajevo es un bolígrafo del Tribunal de la Haya que encuentro en un ciber café. Paz descafeinada, decía: dos (mini) torres gemelas que presiden una sinfonía de grúas bajo el cielo. Sí, sí, ¿pero dónde está Mladic? ¿Por qué se suicidó en su celda Slobodan Milosevic, el ultra serbio, uno de tantos, el que apretujó a la ciudad con su cerrojo-cerco? ¿Rendirme? Jamás. Sólo morir, matando(me). Sarajevo como Chicago: escuchando el llanto de los agujeros de sus balas. Algunas fachadas quieren olvidar: ponen cemento (de otro color) sobre los agujeros. Otras, saturadas de metralla, ni lo intentan. Sarajevo como Miami la impúdica: un desfile de rubias con bolsas de Mango por la calle Ferhadija, tecnho facilón en los cafés cool de los turistas, pantallas XL con el Valencia-Manchester City. Miami, Plástico, Sarajevo. Y nostalgias yoguslavas en el Café Tito: bustos, tanques, metralletas, fotos, portadas de revistas (Time: un hombre entre dos imperios). Y una bola de discoteca, en el techo, sobre un neón rojo que empieza por T. Paz bailable, comprable, mitificable. Mientras tanto, llega la noche. El Ramadán susurra sus siglas: AK 47 (Kalashnikov) en un graffiti; UB 40 en las ondas. Miami, Chicago, Paz. Sarajevo.

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